Rearmar la mochila

Hasta que fui a vivir fuera no había buscado muchos porqués –o no con la profundidad debida- ni planteado la razón lógica del cúmulo cosas que configuraban mi día a día, desde las más banales hasta las trascendentales, y que inconscientemente marcaban mi transcurrir –actividades, personas, gustos, sentimientos, valores, principios, creencias-.

Entiendo la vida como una mochila que llevamos a cuesta y en la que cargamos todo, algunas cosas las pusimos nosotros y otras, terceras personas, llamémosles padres, familias, amigos, sociedad.

La cuestión es que todos tenemos una y cuando los demás se pasean con otras similares como que no molesta, hasta sentimos que nos vemos genial con ella pero el punto de inflexión se da al escoger andar por un sendero alternativo al habitual y caminar un poco más allá.

Obviamente, vemos otra gente vagando por allí, repentinamente advertimos que sus mochilas no son iguales a las nuestras, cierta sorpresa mezclada con incomodidad invade lentamente, ante las miradas de desconcierto o desaprobación intentamos esconder la propia, de alguna forma extraña se siente más pesada de lo habitual pero ni hablar, la seguimos cargando aunque ya un repaso mental de todo lo guardado –y su real pertinencia- se hace necesario.

Ese es el preciso momento de enfrentarnos a lo inevitable -una parada estratégica- y desarmar la mochila. Ante nuestros ojos vemos expuesto todo lo que cargamos: actividades que realizamos, personas que amamos, gustos que nos damos –o los que no-, sentimientos que acopiamos como también valores, principios y creencias que nos inculcaron.

Ahora imaginen que no están solos, que otros viajeros los ven y los cuestionan, no entienden mucho de lo que hay en nuestro equipaje y hasta les divierte lo que traemos encima, a su criterio un sinsentido. Es como desnudarse ante un extraño, solo que esta vez no mostrando el cuerpo, sino nuestra más íntima esencia, lo que somos y lo que creemos, lo que nos hace felices y lo que nos aterra, nuestros prejuicios y nuestras cicatrices.

Y si como lo anterior no fuese suficiente, ahora toca dar respuestas a la mar de porqués. Es cuando advertimos que, probablemente, mucho de lo que llevamos no sabemos ni para qué lo tenemos, otra parte en verdad ni la consideramos necesaria pero está pues porque es “lo normal” llevarlo e incluso está ese otro poco que sabemos que nunca debimos haberlo puesto porque pesa no solo su peso sino eso al cubo.

Entonces –con gusto o a los tumbos- descubrimos lo que capaz en lo profundo sabíamos pero que no nos permitíamos –o no nos permitían aceptar. Actividades que no nos hacen felices; personas que amamos pero ni nos aman ni nos suman; gustos que resulta que ni nos gustaban al fin y al cabo; sentimientos que intoxican; valores, principios y creencias en las que no creíamos tanto al final de cuentas; prejuicios que nos muestran lo ridículos que somos y cicatrices que no dejan ir el dolor.

¡Todo eso cargamos!

No crean que el trayecto es fácil, caer en cuenta de ello es lo más parecido a acampar solo en un lugar oscuro que no conocés y con sonidos extraños a tu alrededor donde lo único bueno que encontrás a la noche es el hecho de saber que al día siguiente saldrá el sol.

Ese sol que nos ayudará a ver con claridad que cargar, a quienes llevar, en qué creer.

Irte… mudarte… ya sea a 1.000 o 10.000 km de casa, a una ciudad nueva, sin mucha gente que te conozca es lo más cercano a una definición de segunda oportunidad que te da la vida pero asegurándose antes de que caigas en cuenta de que la estás viviendo y la aproveches al 100.

Es iniciar el camino sin retorno, el viaje que trasciende lo geográfico. Ese, el de viajar a uno mismo.

Y cuando sucede, la mochila sigue pesando, solo que ya no tanto y lo cargado ya lo asumimos con gusto.

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